Ella ya no estaba ahí

Publicado 22-02-2021

Extracto:

Murió soñando un sueño ajeno tras haber servido durante dos años y medio a todos esos fantasmas de nuestra sangre (algunos dulces, otros iracundos) que la habitaron durante su demencia. Mi abuela se llamó María Rosa, pero dejó de responder a su nombre y esa desmemoriada mujer vieja ya no me supo su nieto.

Había dejado de estar ahí mucho antes de morir y esa existencia suya desencajada del tiempo y de la realidad conocida jamás pude definirla: cada vez que lo intenté, las palabras sueltas que surgían se negaban a ser articuladas: asfixia, desesperación, angustia, miedo, olvido, dolor y desconcierto.Y ella ya no estaba ahí, se había convertido en eso: en fragmentos de sufrimiento, en pedazos rotos de interminable tristeza que se colisionaban unos contra otros caóticos e hirientes dentro de un cuerpo cada vez más doblado, cada vez más débil, cada vez más lento.

Siempre me inquietó la idea de que su piel siguiera oxidándose; nada en su superficie de 96 años era rosa ni liso: llagas, raspaduras y negras protuberancias. No estaba enferma: solo un día se apagó la energía que entre sus nervios conectaban asfixia, desesperación, angustia, miedo, olvido, dolor y desconcierto.

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